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El poder tiene una extraña costumbre: convierte en imprescindibles a personas que, de un día para otro, terminan siendo descartables.
Eso le ocurrió a Manuel Adorni.
Durante meses fue la voz más firme del Gobierno, el hombre encargado de explicar lo inexplicable, de justificar cada medida y de salir al rescate cada vez que la administración de Javier Milei entraba en zona de turbulencia. Pero ni los buenos modales frente a las cámaras, ni las defensas encendidas de los periodistas amigos, ni los discursos sobre la lealtad pudieron detener el desenlace.
Porque la política no perdona cuando el desgaste se vuelve un problema para el poder.
Las denuncias, los cuestionamientos sobre su patrimonio, los viajes, los lujos y una sucesión de explicaciones cada vez menos convincentes fueron erosionando una figura que había logrado instalarse en el centro de la escena. Y mientras eso ocurría, las encuestas comenzaron a mostrar algo preocupante para la Casa Rosada: el nombre de Adorni ya no generaba confianza, sino cansancio.
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El Gobierno intentó resistir. Como siempre. Negó, descalificó y denunció operaciones. Pero cuando la defensa de un funcionario consume más energía que la gestión misma, el final suele estar escrito.
Y el final llegó.
Javier Milei, que alguna vez aseguró que no entregaría a un colaborador por presión política o mediática, terminó aceptando una verdad incómoda: a veces, para intentar salvar un gobierno, hay que sacrificar a uno de los propios.
La renuncia de Manuel Adorni no es un simple cambio de nombres. Es el reconocimiento de un desgaste profundo, de un error de cálculo y de una crisis que dejó de ser comunicacional para convertirse en política.
Adorni se va. El Gobierno seguirá. La Argentina continuará con sus problemas de siempre.
Pero una vez más queda demostrado que, en el poder, nadie es eterno y que la realidad, tarde o temprano, termina imponiéndose sobre cualquier relato.
*Por Alejandro Flores.
