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01/09/2026 | 19:04hs

- SOCIEDAD

Messi se va. Y ahora, a quién le reclamamos los milagros

Hay noticias que uno lee y piensa: “Bueno… era cuestión de tiempo”. Y hay otras que uno lee y automáticamente empieza a discutir con el calendario, con la biología, con el destino y, si hace falta, con Dios. Porque Messi anunció el final de su ciclo en la Selección Argentina y, de golpe, 21 años parecen haber pasado en cinco minutos.
Veintiún años.

Hay noticias que uno lee y piensa: “Bueno… era cuestión de tiempo”. Y hay otras que uno lee y automáticamente empieza a discutir con el calendario, con la biología, con el destino y, si hace falta, con Dios. Porque Messi anunció el final de su ciclo en la Selección Argentina y, de golpe, 21 años parecen haber pasado en cinco minutos.
Veintiún años.
Más de dos décadas viendo al mismo tipo ponerse la camiseta argentina, jugar, ganar, perder, volver, ser puteado, ser idolatrado, ser comparado, ser crucificado, ser levantado y finalmente terminar convertido en algo que ya no entra en una estadística.
Porque Messi no fue solamente un futbolista de la Selección.
Messi fue una costumbre.
Una maldita hermosa costumbre.
Nos acostumbramos a que Argentina tuviera al mejor del mundo. Nos acostumbramos a esperar que resolviera lo imposible. Nos acostumbramos a que, cuando el partido se complicaba, apareciera el tipo de la camiseta número 10 y dijera, sin decir nada: “Déjenmelo a mí”.
Y eso es peligrosísimo.
Porque ahora se va.

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Y nosotros quedamos con el síndrome de abstinencia.
207 partidos.
125 goles.
66 asistencias.
Pero hay números que no alcanzan para explicar una carrera. Porque Messi no se mide solamente en goles. Se mide en finales. En noches de Mundial. En lágrimas. En derrotas. En penales. En Copas levantadas. En abrazos. En el silencio de millones de argentinos antes de un partido y en el grito posterior que parecía capaz de mover las placas tectónicas.
Messi llegó a tres finales de Copa del Mundo y a cinco finales de Copa América. Y sí, también perdió.
Y eso hay que recordarlo.
Porque durante años nos enseñaron que Messi era el problema.
Que no cantaba el himno.
Que caminaba.
Que no tenía carácter.
Que en Barcelona sí y en Argentina no.
Que Maradona esto.
Que Pelé aquello.
Que la camiseta le quedaba grande.
Qué increíble capacidad tenemos los argentinos para mirar al mejor jugador que produjo este deporte y preguntarnos si estaba a la altura.
Hasta que un día la pelota entró.
Y después entró otra.
Y después levantó la Copa América.
Y después ganó la Finalissima.
Y después ganó el Mundial.
Y entonces descubrimos algo revolucionario: quizás el problema nunca había sido Messi.
Quizás éramos nosotros.
Ahora viene lo más extraño.
El día después.
Ese día en el que la Selección va a salir a la cancha y la camiseta número 10 va a estar ahí.
Esperando.
Vacía.
Y alguien tendrá que ponérsela.
Pobre tipo.
Porque no va a recibir una camiseta.
Va a recibir una comparación.
Y eso es una condena.
Porque durante 21 años el número 10 tuvo dueño. Y no cualquier dueño. Tuvo al dueño más extraordinario que probablemente volvamos a ver.
El próximo que la use va a tocar una pelota y alguien va a decir: “Messi hacía eso mejor”.
Va a tirar un córner y alguien va a decir: “Messi lo tiraba más cerrado”.
Va a gambetear a uno y alguien va a preguntar: “¿Pero por qué no gambeteó a tres?”.
Va a hacer un gol y alguien va a preguntar por qué no hizo otro.
Porque ese es el problema de los gigantes: después de ellos, cualquier cosa parece pequeña.
Pero quizás haya que dejar de buscar “el próximo Messi”.
Porque no hay.
Y si aparece, perfecto.
Que venga.
Que lo disfrutemos.
Pero que no cargue con la obligación de ser alguien que ya existió.
Mascherano lo dijo después de Qatar: ojalá el próximo Messi ya haya nacido.
Bueno, ojalá.
Pero mientras esperamos que nazca, crezca, juegue, llegue a Primera, debute, se haga famoso, lo puteemos porque “no siente la camiseta”, lo comparemos con Messi, lo retiremos a los 23 y después le pidamos que gane el Mundial… estaría bueno recordar algo.
Messi ya sucedió.
Y sucedió acá.
Con esta camiseta.
Con este país.
Con todos nuestros traumas futbolísticos encima.
Y quizás por eso duele tanto.
Porque no estamos despidiendo solamente a un jugador.
Estamos despidiendo una época.
La época en la que Argentina tenía una respuesta para todo.
¿Quién patea el tiro libre?
Messi.
¿Quién hace el gol?
Messi.
¿Quién arma el equipo?
Messi no, pero mejor preguntémosle.
¿Quién nos salva?
Messi.
Y ahora no.
Ahora habrá que aprender a vivir sin levantar la cabeza buscando al 10.
Habrá que aprender que la Selección puede ganar sin él.
Y también puede perder sin tener a quién culpar.
Eso último va a ser complicado.
Porque durante años fue muy fácil.
Si Argentina perdía: Messi.
Si Argentina ganaba: Messi.
Si empataba: Messi.
Si llovía: probablemente Messi.
Ahora se terminó la coartada.
Se terminó el comodín.
Se terminó el “dásela a Leo”.
Y queda la Selección.
Solita.
Sin papá.
Sin salvador.
Sin superhéroe.
Y quizás eso sea lo más sano que le puede pasar.
Porque Messi se va en el momento que él eligió.
No se va escapando.
No se va escondido.
No se va después de una tragedia.
Se va después de haber conseguido aquello que durante décadas parecía imposible.
La Copa del Mundo.
El sueño.
La obsesión.
La estampita que faltaba.
Por eso quizá hoy haya que llorar un poquito.
Está permitido.
Después de 21 años, cualquiera tiene derecho.
Pero después habrá que sonreír.
Porque Messi no nos dejó una deuda.
Nos dejó una colección de recuerdos que no entra en ningún archivo.
Nos dejó goles que vamos a volver a mirar cuando seamos viejos.
Nos dejó partidos que nuestros hijos y nietos van a preguntar si realmente ocurrieron.
“¿Vos viste jugar a Messi?”
Y nosotros vamos a poder contestar:
“Sí”.
Y probablemente sea una de las mejores respuestas que podamos dar en nuestra vida.
Porque algunos futbolistas ganan títulos.
Otros hacen historia.
Y después están los que convierten la historia en nostalgia.
Messi acaba de entrar en esa categoría.
Se terminó.
El 10 se va.
Pero la historia no.
La historia recién empieza a contar lo que fue tenerlo.
Y eso, muchachos, no se reemplaza.
Eso se agradece.
Y se disfruta.
Mientras se pueda.

*Por Alejandro Flores




Link:
https://www.radiosudamericana.com/noticia/349575_Messi-se-va.-Y-ahora--a-quien-le-reclamamos-los-milagros.htm




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