EN VIVO otra mañana / Daniel Toledo, Gustavo Altamirano

Policiales

Sábado 26 de Septiembre de 2020

PLAN DE VENGANZA Y FINAL ATROZ

Una mente perversa: el caso del hombre que dinamitó a su ex suegra

El acusado colocó una bomba en el techo del auto. Mató a su ex suegra y a un remisero que la esperaba. ¿Qué pasó con el asesino y con la joven a la que castigó por haberlo dejado?


Le decían “Cordero” y nadie sabe por qué. Lejos de las ofrendas bíblicas, José César Rodríguez se convirtió en uno de los asesinos más perversos que ocupaban las cárceles federales. Ahora lo llaman el “bombita catamarqueño” o el “Bomber-man”. Es que Rodríguez puso en marcha un plan macabro para vengarse de su ex suegra. La odiaba por haberlo separado de la adolescente de 15 años a la que consideraba su mujer.

En silencio, “Cordero” Rodríguez comenzó a armar su diseñar su proyecto perverso. Como trabajaba en una mina, logró hacerse de los explosivos necesarios. Practicó con burros cuánta dinamita era necesaria. Y cuando llegó el momento dejó una bomba lista para explotar apenas la levantaran sobre el capot de un auto, estacionado en la casa de la familia. El paquete estuvo ahí durante al menos una semana. Inexplicable que nadie se hubiera tentado con revisarlo. El artefacto explotó recién el 26 de septiembre de 2013 y mató a dos personas: a María Justina Flores, el objetivo de su ataque; y a Neri Ángel Santos, un joven de 26 años, remisero, que había ido a buscar a la mujer. Por milagro no hubo más víctimas.

María Justina Flores tenía 56 años. Había criado como su hija a Erika Marcela Maza. Por eso se había desesperado el año anterior cuando la joven, de solo 14 años, se había ido de la casa para irse a vivir con Rodríguez, un hombre que la duplicaba en edad y trabajaba como maquinista de cargadora frontal en la mina Farallón Negro, de Yacimientos Mineros Aguas de Dionisio (YMAD).

La mujer decidió entonces ir a la Justicia y denunciarlo por abuso sexual de una menor de edad. Después de algunas semanas, juzgado mediante, la chica volvió a su casa. Rodríguez no lo perdonó. Veía en esa mujer, a la que sus conocidos la llamaban “la suegra”, como la culpable de todo.

“Cuando yo tenía catorce años comencé a salir, a ser novios, con César Rodríguez, quien actualmente debe tener unos 35 años”, contó Erika Micaela Maza. En junio de 2012, Rodríguez le insistió en que se fueran a vivir juntos. “Mi madre no me dejaba tener novio, y me escapé con él…Nos fuimos a Belén donde alquilamos una pieza, y allí estuve como tres semanas –les contó a los investigadores-. Un día me encontraron en la plaza de Belén y me llevaron a la Comisaría donde estaba mi madre. César Rodríguez estaba trabajando. Allí comenzamos a concurrir al Juzgado de Belén y regresé con mi familia”.

La joven explicó que su novio no se llevaba bien con su madre. “Es más, no se hablaban”, dijo. Cuando volvió a vivir a su casa, una amiga, Estefanía, prima del acusado, se le apareció con un mensaje. “Me exigía que vuelva con César Rodríguez”, contó. Mucho después supo que el hombre le pagaba por esa misión.

A las pocas semanas, Erika fue a la casa de esta amiga y ahí estaba Rodríguez. “En un determinado momento ella salió, cerró la puerta y me dejó con él adentro”, afirmó. Se había llevado además su celular. El hombre quería hablar, discutieron y ella le dijo que se iba a vengar por lo que le estaba haciendo. “Él me respondió: "Ahí vamos a ver si ganás vos o gano yo; cualquier cosa le voy a hacer a tu familia’”. Después de eso, la quiso forzar a tener relaciones pero ella le pegó y salió “con la excusa de ir al baño” y se escapó.

Al volver por el teléfono, hubo otro diálogo con quien había sido su novio. “César me dijo: 'Qué decís vos que te vas a vengar de mí, yo me voy a vengar más porque te voy a quitar a cualquiera de tu familia, a tu vieja o a tu hermano”. Por la relación que habían tenido, el hombre sabía de la casa de Santa María y cuál era el auto de su hermano, tirado en el garage de la casa porque no funcionaba.

La familia de Erika vivía en Río Las Cuevas, un lugar alejado de casi todo. Por eso, alquilaban una casa en Santa María, un pueblo a más de 320 kilómetros de San Fernando del Valle de Catamarca, como una suerte de segunda casa. La madre de Erika solía ir una vez por semana para comprar provisiones y la mayoría de las veces la acompañaba uno de sus nietos.

Al mediodía del 26 de setiembre de 2013, después de haber hecho las compras y pagar la tarjeta, María Justina preparaba su regreso a su casa. Como llevaba muchas cosas, llamó a un auto de la remisería San Lucas para que la llevara hasta la estación de micros. El ómnibus salía a las 13. El remisero, al llegar, acomodó el auto de culata en el garaje de la casa. Atrás estaba en Ford Fiesta abandonado. El joven ayudó a la mujer a guardar las cosas que llevaba. Ahí vio la caja de herramientas que estaba sobre el capot del auto y pensó que era un paquete más, sin imaginar que adentro había un compuesto de dinamita, esperando a ser levantado para explotar.

El piso se sacudió. Los dos cuerpos volaron por el aire en apenas segundos. Los vecinos no podían entender la magnitud de la explosión. Al acercarse, la escena fue espantosa. Los perros comenzaron a dar vueltas por el lugar. Hasta los bomberos quedaron shockeados por lo que vieron.

Coartadas y pruebas

A la hora de la explosión, Rodríguez estaba durmiendo en su casa. Había salido de trabajar a las 9 de la mañana de la mina, después de un turno de una semana sin volver al pueblo. Cuando se despertó, se hizo el distraído cuando le avisaron por teléfono que había muerto su “suegra”. “Yo no tengo nada que ver”, contestó. Y agregó que ya no salía con Erika.

Cuando la policía fue a hablar con la familia de la víctima, Rodríguez se convirtió en el primer sospechoso. La chica contó a la policía la amenaza que había hecho su ex novio el año anterior. Su hermano, Héctor Antonio Flores, confirmó que la obsesión de ese hombre. “Él a toda costa quería quedarse con mi hermana, casarse con ella y hasta incluso la madre de él quería lograr la tenencia de mi hermana”, afirmó.

La Policía fue entonces a allanar la casa de Rodríguez, en la localidad de Los Nacimientos, en el partido de Belén. Primero vieron cables, mechas para perforar metales, cintas y un cuaderno marca Éxito, de 100 hojas cuadriculadas, que tenían dibujado, a mano alzada, un diagrama de un circuito electrónico con elemento escritor de color verde y negro… Era la descripción de la bomba.

En la basura había una bolsa de tornillos, y dos bolsas de nylon con diversos fragmentos de hierro de 6mm., de aproximadamente 1 cm. a 2 cm. de largo, los mismos que habían sido colocados en el explosivo para potenciar su poder de destrucción. Pero en el techo de la casa apareció la última prueba clave: tres cartuchos de gelignita Amónica de nombre comercial GELAMON, un material igual al que se usaba en la mina donde Rodríguez trabajaba; igual al que mató a las víctimas.

Según la justicia, el artefacto se colocó entre el 13 y el 19 de septiembre. “El acusado coordinó, calculó, organizó y premedito minuciosamente el plan delictivo en los días previos a la acaecimiento del hecho ilícito diagramando perfectamente dicho plan y con ello su posible coartada para pretender quedar al margen del suceso”, sostuvo la acusación.

Rodríguez dio una única versión de los hechos en su primera indagatoria. “Yo no tengo nada que ver con el doble homicidio porque la Sra. Flores me odiaba a mí como los hijos también. Mi ex novia Erika Maza me acusa instigada por sus hermanos. La relación con Erika Maza se terminó en agosto de 2012”, dijo. Y aseguró: “A la señora Flores como a su hija las crucé varias veces en la calle y las saludé como a cualquier persona”.

Sobre los explosivos en su casa, Rodríguez habló de un peruano llamado Richard que le pedía conseguir dinamita para llevarla a su país y hasta le hizo un dibujo en su cuaderno de trabajo. “Esto me pedía a mí porque él sabía dónde trabajaba. Para mí era fácil de conseguir los explosivos dado que al ser maquinista de YMAD salía atrás de los camiones que iban con la basura al basural que queda a 5 kilómetros fuera de la mina –afirmó-. Yo revolvía esa basura y sacaba cobre, cables, aluminio y bronce. Ahí veía los cartuchos de gelamón que estaban tirados”, aseguró. Según dijo, el hierro también se lo cortó a pedido. El tal Richard quedó en volver a buscar la dinamita pero nunca más apareció, decía su versión. Lo cierto es que, para la Justicia, el único que había visto a Richard era el acusado. Nadie más sabía de él. La mina negó que el gelamón se tirara en la basura.

En esa declaración, además, Rodríguez afirmó que la policía lo “presionó” para que se hiciera cargo del ataque. “Eran policías de uniforme, para que no me pegaran más me hice cargo de todo, tenían picana, cachiporras y con eso me pegaban”, afirmó. Nada se corroboró.

El juicio

En abril de 2017, los jueces Juan Carlos Reynaga, Adolfo Raúl Guzmán y José Camilo Quiroga Uriburu, del Tribunal Oral Federal de Catamarca, escucharon a los más de 30 testigos. La primera volvió a ser Erika. “Yo era chica, acepté, el hizo que me escapara de mi casa… Me decía en los mensajes: ‘Soy tu peor pesadilla’”.

Uno de los testigos que más llamó la atención al tribunal fue Elber Ursagasti, quien contó que Rodríguez “tenía conocimiento en el manejo de explosivo abriendo caminos y matando burros”. Les ponía collares de dinamita. A criterio de la fiscalía, eso daba cuenta “de la peligrosidad de Rodríguez, lo cual influyo miedo en todo el pueblo”.

Por eso, una de las cosas que más sorprendió al fiscal Rafael Vehils Ruiz fue la falta de memoria que mostraban algunos de los testigos convocados a la hora de hablar de lo sucedido. Es que, como en todos los casos, los fiscales de juicio necesitan que los testigos vuelvan a decir en una audiencia pública aquello que contaron inicialmente ante la policía o ante el juez de instrucción, para que pueda ser válido a la hora de pesar en una sentencia. “Acá a todos les había agarrado un extraño ataque de amnesia cuando llegaron al juicio y tenían a este hombre enfrente… Era como esta gente pensaba ‘si este tipo hizo lo que hizo y voló a dos personas por el aire, qué me va a hacer a mí’”, contó a Infobae Vehils Ruiz, al repasar el juicio.

Rodríguez “debe ser el único condenado a prisión perpetua en una cárcel federal por un crimen que no es un delito de lesa humanidad. Fue un crimen feroz. La única pena que podía corresponderle era la de perpetua”. “Lo más difícil del juicio fue probar que había armado el artefacto y lo había colocado, porque nadie lo había visto en el lugar. Pero tuvimos una prueba clave todo lo que encontramos en el allanamiento a la casa. Hasta los hierros que él había usado para poner en el artefacto y potenciar su poder de daño cuando alcanzara a las víctimas”.

El abogado Carlos Luis Paz, querellante junto a la abogada Gabriela Carrizo –hoy fiscal civil de Santa María- en nombre de la familia del remisero, aseguró a Infobae que “el plan de Rodríguez era matar, el fin era pulverizar a su víctima la Sra. Flores”, pero ahí también perdió la vida Nery Santos, “una joven persona de 26 años de edad, que se encontraba trabajando y que era totalmente inocente”. “Dejó preparada una bomba, se fue a la mina y el explosivo quedó una semana ahí. Podía haber matado a cualquiera –sostuvo-. El cliente era un chico muy humilde. Él tenía que llevar a la señora a la terminal, quiso ayudar… Fue terrible”.

A la hora de la sentencia, el tribunal afirmó que todas las pruebas permiten “concluir, sin margen de duda alguna, que el imputado Rodríguez fabricó el artefacto explosivo, y lo colocó en el capot del automóvil” con “la clara finalidad de exterminar la vida humana de la víctima María Flores, y que consecuentemente, alcanzo colateralmente al Sr. Nery Santos”. Los jueces hablaron de una “única conclusión sólida, cierta y razonable del hecho, y sin margen de duda alguna”: José César Rodríguez era penalmente responsable del doble homicidio, con alevosía, premeditación y con la intención de probar el mayor daño posible. Le dieron prisión perpetua.

Además, el asesino fue condenado a indemnizar a las familias de las víctimas. La querella del remisero acusó a la minera por haber sido responsable “solidariamente” con lo ocurrido, porque había contratado a una persona como Rodríguez, que “tendría antecedentes por robo” y no detectó el faltante del explosivo que pudo sacar el acusado, en una conducta “imprudente” y “temeraria”. Pero el TOF rechazó esa postura y el pedido.

Lo cierto es que, según dijo el abogado Paz a Infobae, las familias de las víctimas nunca recibieron el dinero que debían. Mientras tanto, Erika nunca pudo recuperarse de haber sido la protagonista de una historia tan atroz. Después del juicio, sufrió una fuerte depresión. La chica se suicidó el año pasado, confirmó su hermano.

Rodríguez pasa sus días en el penal de Miraflores, en Catamarca. Según pudo saber Infobae, el hombre estaba creído que iba a poder salir de prisión antes de tiempo. “Estaba nervioso, no dormía. Decía que lo habían engañado. Había hecho un montón de cursos pensando que le iban a ayudar a descontar pena para salir antes... Era imposible”, contó uno de los presos que lo conoció en prisión. “Encima, se las ingeniaba para hacer tareas de electricidad en la cárcel hasta que cambiaron las autoridades del penal y dijeron que por sus antecedentes no podía estar manipulando eso. Podía ser peligroso para sí o para terceros. También le cortaron ese pasatiempo”.

El 10 de marzo pasado, días antes del inicio del aislamiento, la Corte Suprema de Justicia dejó firme la condena, al rechazar el último de los recursos de apelación que había planteado la defensa oficial. Según precisó el fiscal del caso a este medio, Rodríguez recién podrá acceder a la libertad condicional el 26 de septiembre de 2048, cuando se cumplan 35 años del atentado.

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