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Miércoles 06 de Diciembre de 2023 - Actualizada a las: 10:05hs. del 06-12-2023

CONFLICTO BÉLICO

La increíble vida de la enfermera argentina presente en la liberación de rehenes en Gaza

Es la segunda vez que la familia de Pilar Bauzá Moreno se entera de su paradero por televisión. La primera vez fue hace 15 años, cuando al encender el noticiero, su padre, Carlos Bauzá, leyó: “Enfermera argentina secuestrada en Somalia”, y supo enseguida que se trataba de su hija, por entonces de 26 años, que trabajaba en Médicos Sin Fronteras. La segunda ocurrió la semana pasada, y fue más esperanzadora; uno de sus hermanos veía la transmisión en vivo del intercambio de rehenes en Gaza, cuando de repente divisó el rostro de Pilar, que ahora tiene 42 años, ayudando a los cautivos liberados a subir a una camioneta de la Cruz Roja.  


“Sabíamos que estaba por la zona, pero no que era parte de la liberación de rehenes y que iba a salir en vivo y en directo”, cuenta sorprendido su padre (77 años), con la soltura y el humor que le permiten la costumbre de tener una hija que desde hace 16 años salta de una guerra a otra.

Ya pasaron varios días desde la última vez que logró comunicarse con ella. “Estoy por entrar en la Franja de Gaza; estaré sin comunicación. Cuento con sus rezos”, le comunicó a su familia por WhatsApp una semana antes de que la vieran en los noticieros. En distintos videos de entrega de rehenes se la puede ver acompañando a decenas de cautivos de Hamas, entre ellos, las mellizas también argentinas Yuly y Emma Cunio, de 3 años, que recuperaron la libertad el pasado 28 de noviembre.

“Pili no conoce el miedo. Lo digo en serio. Yo tengo seis hijos, pero como ella, ninguno”, afirma su padre. “Tiene mucho carácter, es muy segura de sí misma, muy independiente y muy inteligente. En la facultad era una estudiante de primer nivel, ¡se sacaba todo 10!”, sigue.

De Bella Vista al mundo

Criada en Bella Vista, provincia de Buenos Aires, Pilar –la quinta de seis hermanos– es licenciada en Enfermería por la Universidad Austral. Al terminar la carrera, realizó un máster en Neonatología y trabajó durante años en los servicios de terapia intensiva neonatal de distintos hospitales y sanatorios; entre ellos, el Mater Dei, el Otamendi y el Austral. “Siempre se dedicó mucho al trabajo. En uno de estos hospitales atendió a un chico que nació con apenas 800 gramos; ella lo trató, lo siguió, lo siguió y lo siguió. Y hoy es su ahijado de bautismo. Cuando viene a Buenos Aires, siempre se ven”, agrega su padre.

Todavía recuerda el día en que Pilar lo sentó junto al resto de la familia y le anunció que había decidido sumarse a Médicos Sin Fronteras, y que las autoridades de la organización ya le habían asignado el primer destino: Somalia. “Yo me ataqué. Lo primero que le dije fue: ‘Me imagino que les dirás que no vas a ir allá’. Soy un lector empedernido de la geopolítica y estaba muy al tanto de lo que estaba pasando ahí. Ella me contestó: ‘¿Cómo voy a decir que no, si es mi primer destino?’. Se fue nomás. Y tuvo la mala suerte de que en el primer destino la secuestraron”, recuerda.

La captura ocurrió el 26 de diciembre de 2007. Diez hombres armados asaltaron la camioneta en la que ella viajaba junto a un equipo de su organización. La raptaron junto a otra joven, una médica española. La familia Bauzá pasó ocho días sin noticias de Pilar, hasta que, gracias a las negociaciones del gobierno español y otras organizaciones internacionales, las dos profesionales de la salud fueron liberadas. En ese lapso, Pilar pasó ocho días subiendo y bajando montañas en las incómodas ojotas que llevaba puestas el día en que fue capturada, mientras era apuntada por un arma de fuego, hasta que finalmente recuperó la libertad.

Muchos de los familiares de la enfermera argentina imaginaron que, después de semejante experiencia, ella no volvería a Médicos sin Fronteras. Que, en cambio, elegiría instalarse nuevamente en Buenos Aires, que volvería a los servicios hospitalarios de neonatología. Pero Pilar dejó en claro sus intenciones desde un principio. Apenas fue liberada, en una conferencia de prensa, confirmó ante las cámaras: “Voy a seguir haciendo lo que sé hacer. Mi vocación está intacta”.

Pocos minutos después, volvió a sorprender al público al aclarar que, de todo lo que había vivido, lo que mayor tristeza le producía era el hecho de haber tenido que dejar su trabajo en el país africano: “Este secuestro nos hizo dejar a nuestros pacientes. Tengo grabados los rostros de los niños y sus madres. Fue muy duro dejarlos sin asistencia sanitaria”, remarcó.

Vocación intacta

Pilar Bauzá, tan solo cuatro meses después, viajó a Etiopía para seguir con su trabajo y, desde entonces, nunca dejó la labor humanitaria. Gracias a su currículum (además de su experiencia en América, Asia y África, habla inglés, francés e incluso un poco de árabe, italiano y amárico, un idioma que se habla en Etiopía), logró ser contratada por la Cruz Roja, organización en la que trabaja actualmente.

Solo este año, además de su reciente presencia en Gaza, la enfermera argentina hizo base en tres distintos conflictos armados: pasó por Ucrania, por Nagorno-Karabaj (región ubicada en el sur del Cáucaso) y por Eritrea, en el noreste de África. Entre una misión y otra, vive en Ginebra, donde se encuentra la sede central de la Cruz Roja; la organización tiene 130 miembros trabajando en la Gaza, informó su director general, Robert Mardini.

Ella se mantiene en permanente contacto con su familia a través de WhatsApp. Además, visita la Argentina de vez en cuando, y recibe a sus hermanos y padres en Ginebra cuando la visitan. Hace unos años, durante una entrevista, destacó que sus hermanos le comentaron irónicamente en una ocasión: “Se te ve tan feliz que nos hace sospechar. ¿No será que, en realidad, te vas unos meses de vacaciones a las Bahamas y que todo este asunto humanitario es una mentira?”.

“Pilar Bauzá tiene una vocación pura de ayuda al prójimo, no hay otra explicación”, dice su padre, con un tono que combina en partes iguales orgullo y temor, un cóctel agridulce de emociones que lo acompaña desde hace 16 años.

Por María Nöllmann (La Nación)

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