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Policiales

Lunes 24 de Enero de 2022

POLICIALES

La muerte con rostro de bebé: los crímenes del dealer menor de edad

G. tiene 16 años y acumula acusaciones por asesinato y tentativa de homicidio: cayó mientras vendía paco. Sus cómplices, también menores, tienen prontuarios pesados por robo y amenazas. Qué dice su madre y la amenaza del chico en Facebook


Esta es la historia de cómo un adolescente tomó una pistola y decidió instalar el terror entre su gente.

G., vecino de la villa Zavaleta de Barracas, tiene 16 años. Nacido en Paraguay, cumplirá los 17 en octubre próximo. Ya tiene, al menos, una acusación por homicidio y otras dos por narcomenudeo y tentativa de asesinato. Los hechos ocurrieron dentro de la Zavaleta en un lapso de menos de dos meses. Y todas sus víctimas tenían un prontuario mucho más largo que el suyo. G. atacó -si las acusaciones en su contra son ciertas- a ladrones condenados y dealers, en hechos motivados por ímpetu, por encargo, por venganza, por el negocio transa o por el simple deseo de ser el nuevo gallo en el gallinero. Una constelación de pequeños terribles lo rodeaba, cómplices que eran chicos menores como él, otros eran mayores de edad, con prontuarios largos por delitos como robo, ataques armados y amenazas. La primera balacera a su nombre data del 26 agosto de 2021. La víctima fue Eliseo R., un hombre de 27 años oriundo de Paraguay, tal como él.

Eliseo tenía una breve historia narco a sus espaldas. En 2016 había sido acusado de andar vendiendo droga y luego terminó sobreseído por el Tribunal Federal N°3. Tres años más tarde, fue imputado de lavado de dinero, con una causa en el Juzgado en lo Penal Económico N°1. El nombre de Eliseo figura en otras historias picantes del hampa: un amigo suyo, presunto transa, había sido secuestrado mientras estaba con él. Eliseo fue el negociador del rescate. A Eliseo, según la causa en su contra, G. lo encaró en plena villa a la vista de terceros, tomó un arma que llevaba y comenzó a tirar. La causa por el hecho, como tantas otras en la Ciudad, comenzó con alerta de una guardia médica por un hombre acribillado en una camilla. Originalmente le correspondió a la Fiscalía N°45, a cargo de Cinthia Oberlander. La calificación fue de tentativa de homicidio y lesiones en riña.

G. tenía 15 al momento de este ataque: cumplió los 16 un mes y medio después.

Eliseo había llegado, según el reporte oficial posterior, a la guardia del hospital Penna con un tiro en la pierna izquierda y otro el tórax. Con una de las balas todavía en su cuerpo, aceptó ser entrevistado por la Policía de la Ciudad. Aseguró que estaba junto a su pareja a pocos metros de la plaza Kevin, llamada así por Kevin Molina, el chico de 9 años muerto en 2013 en medio de una balacera dealer de cien tiros. Aseguró que un joven lo encaró mientras compraba en un kiosko, que se trenzaron en lucha y que su agresor tomó un arma que llevaba y le disparó.

Recordó las palabras de ese chico, antes de que tomara su arma para intentar matarlo: “¿Qué me mirás? Sos un gato. Nosotros hacemos lo que queremos, gil. Vos no vas a poder caminar más por acá, la concha de tu hermana”, le gritó.

Luego, fuego.

Eliseo, ensangrentado, pudo huir. Alguien del barrio que pasaba lo subió a su auto y lo llevó al Penna. Hubo un testigo del hecho que afirmó que conocía al agresor, pero solo dio su nombre de pila: G. El testigo dijo que era también del barrio, un presunto transa. El intento de homicidio, según esta persona, habría sido un vuelto. Eliseo le habría dicho días antes a G. que “no venda más” en la zona.

Luego, Eliseo reiteró su declaración ante la Justicia. Allí, mencionó expresamente a G.. Dijo que lo reconocería en una rueda. Sin embargo, ante la Fiscalía N°45, Eliseo no quiso instar la acción penal contra su agresor. Para decirlo en simple, si era por él, la dejaba pasar. Le pidieron que se presentara en la División Individualización de Personas de la Policía porteña. Nunca fue. Una semana más tarde, la división Homicidios recibió el oficio correspondiente. Había que encontrar a G., pero no había mucho con qué empezar, solo una posible zona donde vivía. Entonces, los policías fueron a caminar por la Zavaleta. Poco después, alguien más señaló a G. en su teléfono, mostró su perfil de Facebook que el chico empleaba con su nombre y apellido. Pero quien lo entregó no quiso decir mucho más. Afirmó que tenía miedo a terminar como Eliseo, o peor.

Su identidad con su nombre completo y DNI llegaron luego tras una triangulación de datos. La fecha de nacimiento era lo más perturbador, octubre de 2005. Así, el expediente pasó a la Justicia de menores.

La boleta siguiente en la lista, originalmente investigada por la Fiscalía N°28, tuvo como víctima a una mujer de 38 años de edad que cumplía arresto domiciliario con una tobillera electrónica atada a su pie por ordenes del Tribunal Oral N°22. Ocurrió el 13 de octubre a las 20:30 en la tira 9 de la Zavaleta, menos de un mes después del ataque a Eliseo.

Cinco encapuchados entraron de noche a su casa para balearla. El ataque fue de una desfachatez total. La mujer tenía cinco hijos, todos menores de edad, la mayor tenía 12 años. Todos estaban en la casa al momento del ataque. Su hija de seis veía dibujos animados. Los agresores, según los primeros testimonios, derribaron la puerta a golpes: uno de ellos le tapó la boca a la menor frente al televisor, que gritaba desesperada mientras el agresor la encañonaba. La mujer de la tobillera, su blanco, bajó las escaleras al escuchar los alaridos. Así, dispararon, según el testimonio posterior de la mujer: las balas impactaron en el tórax y en un brazo. Dos vainas servidas quedaron en el piso. Otra vez, la víctima fue trasladada al Hospital Penna. Había un kiosko en la casa, la banda lo saqueó un poco antes de escapar.

Otra vez, G. fue mencionado. Los alias de sus cómplices también llegaron al sumario posterior: “Coco”, “Rafa”, “Chuchu”, “Davinchi”. Los testigos en el expediente los recordaron, de nuevo, por sus perfiles de Facebook. “Coco”, precisamente, habría sido quien encañonó a la nena de seis. “Davinchi”, según la víctima, habría sido el tirador. La mujer dio una explicación en su declaración policial, una teoría sobre el ataque sicario. No era la primera vez que este grupo de chicos la atacaba. Afirmó que todo se trataba de una vieja rencilla, que los enviaba, supuestamente, otra mujer de la Zavaleta, una enemiga, cuñada de un hombre paraguayo que había tenido un conflicto a tiros con su marido años atrás.

El resto de la banda también fue identificada por las autoridades. “Davinchi”, el supuesto tirador, resultó ser otro menor de edad, tal como “Coco”, el sicario que le puso un arma en el cráneo a la hija de la víctima: los dos, tal como G., los más feroces, tenían 17. Había algunos mayores, “Chuchu” tenía 19, “Rafa”, 26. Así, la Policía de la Ciudad buscó el prontuario de G.. Lo tenía limpio. Su única foto en el sistema correspondía al Registro Nacional de las Personas, una imagen en donde no tiene más de cinco años de edad. “Davinchi”, en cambio, ya había tenido cuatro ingresos por robo y otro por tenencia ilegal de arma. Había cobrado, también. Fue víctima en otro expediente por lesiones agravadas por el uso de arma de fuego.

“Chuchu”, Pedro Luis F., ya mayor de edad, cargaba con cuentas por robo a mano armada, tentativa de homicidio, resistencia a la autoridad. También, al menos tres causas por robo y tentativa de robo. “Rafa”, Rafael Ariel V., ya había sido imputado por amenazas, tenencia de estupefacientes. “Coco” también tenía diversas entradas por robo.

Poco después, los cabos comenzaron a atarse. El Juzgado de Menores N°6 informó al fiscal Lugones que ya investigaba a G. por el delito de tentativa de homicidio, el ataque a Eliseo. Así, con tres adolescentes en la banda, Lugones planteó la incompetencia.

El 15 de octubre de 2021, dos días después del ataque a la mujer de la tobillera, Josué Salomón Agüero fue acribillado sin piedad. en la Zavaleta: un tiro que le atravesó el pecho cubierto con la camiseta del Chelsea, a centímetros del corazón. Una vecina encontró a Josué mientras moría. Al comienzo lo confundió con un borracho, ya que la herida en el pecho no le sangraba. Pronto se dio cuenta de lo que pasaba. La ambulancia del SAME no llegó a tiempo y murió.

Josué, paraguayo, tenía 22 años y una breve historia en la violencia del barrio. Había sido condenado por un tribunal de menores a dos años de ejecución condicional por varios robos, en un juicio abreviado que acumuló cuatro causas en su contra. La Sala II de la Cámara de Casación había revisado la pena en su contra tras una apelación del defensor oficial de Josué en julio de 2021, dos meses antes de que lo mataran. Mencionaron el progreso que había hecho en su vida. Josué había comenzado a trabajar ocho horas diarias en una fábrica de estampados, cursaba cuarto año del colegio secundario. Sin embargo, confirmaron la pena.

El caso también llegó al escritorio del fiscal Lugones. Poco después, alguien de la familia de la víctima se presentó a declarar ante la Policía de la Ciudad. Otra vez, G. fue señalado como el tirador. Alguien del propio entorno del chico había hablado y entregado el dato, que llegó a oídos de la familia de Josué. G., casualmente, era un conocido de los Martínez: había ido al colegio con la hermana menor de su presunta víctima. El nombre de G. volvió a repetirse en boca de un segundo testigo, un amigo de Josué que lo había acompañado esa noche.

Josué, de acuerdo al amigo, había salido de su casa para vender un celular cuando varios jóvenes lo rodearon para quitárselo. El amigo intentó intervenir para frenar el robo y le dispararon a las piernas, sin herirlo. Espantado, huyó. Mientras corría, oyó un tiro más en el aire. Volvió al lugar con Josué ya muerto y la Policía alrededor del cádaver. Dijo que conocía a los agresores, marcó al menos a dos de ellos. G. estaba en su lista. Ninguno de los otros dos nombres coincidía con los señalados por el ataque previo a la mujer en su casa, una banda completamente distinta. Dijo que lo habían amenazado, pidió custodia policial para su madre.

La familia de Josué no se calló la boca. Le escribieron por chat de Facebook a la madre de G.. “Tu hijo es un asesino y la va a pagar”, le espetaron. La mujer contestó: “Claro que la va a pagar. ¿Quién está diciendo lo contrario? Pero yo no tengo la culpa, para que sepas. Y a mí vos no me estés molestando. ¿Qué te pensás, que aplaudo lo que mi hijo hizo?” “Deberías decirle algo para que se entregue por lo menos, ¡si sos la madre!”, le replicó la familiar de Josué. La madre de G. respondió que lo haría, pero que no sabía dónde estaba su hijo.

Poco después, G. reapareció en Facebook con una sentencia para todos. El chico escribió: “Les va a caber a todos, la concha bien puta de sus madres. Se regalan, hijos de puta, ahora cuídense ustedes, giles de mierda”.


El 30 de noviembre, G. fue finalmente detenido en la manzana 6 de la Zavaleta, cuando cinco policías de la División Zavaleta del Departamento de Protección Barrial de la fuerza porteña lo encontraron mientras recorrían la zona. Tenía 50 envoltorios de paco encima; lo sorprendieron en medio de un pasamanos. Allí, al cruzar sus datos en el sistema, se encontraron con los pedidos de captura vigentes por el crimen de Josué y el ataque a Eliseo. Fue trasladado al instituto Inchausti poco después.

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